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Racionalismo
Piensa, Sueña y atréteve
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LOS CAUCES DEL RAZONAMIENTO. © Ricardo García Damborenea

1. Introducción
2. Formas básicas de inferencia
3. Inducción
4. Deducción
5. Hipótesis


Racionalismo


Introducción

  1. Los argumentos: generalidades y vocabulario.
  2. Conclusiones o tesis.
  3. Razonamientos mediatos e inmediatos.
  4. El orden de exposición
  5. Ideas afines a la de argumento
  6. La forma estándar
  7. Combinaciones de argumentos
  8. La carga de la prueba
  9. Tipos de juicio y grados de certeza
  10. Demostración directa e indirecta. La reducción al absurdo
  11. La refutación
  12. Argumentación ad hominem y ad rem.
  13. Resumen

12. Argumentación ad hominem y argumentación ad rem

Tradicionalmente, se ha distinguido entre argumento ad hominem (dirigido al hombre) y argumento ad rem (dirigido a la cosa). El primero es un razonamiento dispuesto específicamente para las personas que aceptan determinados hechos o valores. A todo el mundo no se le persuade de la misma manera. Quien conoce las razones a las que puede ser más sensible un individuo determinado, sabe de antemano que logrará persuadirlo: déjame hablarle que yo lo entiendo.

Siempre es la más eficaz razón la que se toma de lo que el otro admite (Fray Luis de León).

Los anuncios de la televisión no utilizan las mismas razones para dirigirse a un niño, a un anciano, a un ejecutivo o a un catarroso. Un economista francés resumió las ventajas que ofrecía la agricultura para la Corona en el razonamiento:

Agricultores pobres, reino pobre; reino pobre, rey pobre.

Por el contrario, los argumentos ad rem (a la cosa), o ad rei veritatem (a la verdad de la cosa) o ad humanitatem (a la humanidad), que de todas estas maneras se les ha llamado, son los que se dirigen a sostener o combatir la verdad de una proposición en términos objetivos y, por lo tanto, válidos para todo el mundo. Este es el caso, por ejemplo, del teorema de Pitágoras, que no toma en consideración el auditorio y ni siquiera le importa que no lo haya.

Los geómetras no persuaden, sino que obligan a creer.[6]

Locke bautizó como argumento ad hominem (es el inventor de los argumentos en ad) el tradicional argumentum ex concessis, que utilizaba en su favor los principios aceptados o concedidos (ex con­cessis) por el contrario. Sócrates lo empleaba continuamente:

Entonces, ¿cómo lo hacía Sócrates? Obligaba al propio interlocutor a testimoniar en su favor y no necesitaba ningún otro testigo. Por eso podía decir: "Los demás, a paseo; a mí me basta como testigo mi interlocutor.[7]

En general podemos decir: dado que toda la argumentación práctica se corta a la medida del auditorio y se apoya en sus convicciones, todo argumento práctico (moral, jurídico, político, filosófico) que pretenda ser persuasivo, es un argumento ex concessis, esto es, se apoya en principios aceptados por la audiencia.

Las posibilidades de argumentación dependen de lo que cada uno está dispuesto a conceder, de los valores que reconoce, de los hechos sobre los que señala su conformidad; por consiguiente, toda argumentación es una ar­gumentación "ad hominem" o "ex concessis". Perelman.

No se puede persuadir a nadie a partir de premisas que desconoce o rechaza. Sería como discutir con un topo los encantos del paisaje. Si pretendemos porfiar con un nacionalista catalán no podremos convencerle de que Cataluña es España por muchas razones que aportemos para justificarlo. Cuando no se comparten los principios el debate se convierte en un diálogo de sordos. Necesitaríamos argumentar a partir de algo en lo que nuestro adversario esté de acuerdo: si él piensa que la grandeza de la patria está vinculada a la independencia, podríamos intentar persuadirlo de que la grandeza económica, educativa y cultural de Cataluña sólo se pueden alcanzar en el seno de España; la independencia cuando no se está en condiciones de competir es una vía segura hacia la miseria, etc.

Si encuentro algún cuáquero, le diré: Puesto que amas a tus semejantes no dejes que la tiranía los asesine. Quieres la paz. ¡Pues bien! la debilidad provoca la guerra; una resistencia general sería la paz universal. Mirabeau.

Colectivo Gays-Lesbianas al Presidente de la Conferencia Episcopal- La homosexualidad forma parte de la naturaleza y en consecuencia de la voluntad de Dios para con el mundo.[8]

Ustedes, los eclesiásticos, no debieran alinearse con ningún partido político, porque la Iglesia es universal.

Es el modelo de argumentación más persuasivo porque está cortado a la medida del interlocutor aunque carezca de valor en el caso de que se dirija a otro adversario o a otro auditorio. Al dirigirnos a una audiencia plural, ofrecemos varios argumentos para que cada interlocutor escoja y adopte aquél o aquellos que más le persuadan.

No hay cosa más propia del hombre prudente que usar de forma adecuada y hábil el lenguaje, según sea preciso, con muchos, con pocos, con eruditos, con rudos, con un igual, con un inferior, con un menor, observando el tiempo y lugar, así se hable y se trate de cualquier cosa.[9]

Francisco Frutos- Si me dirijo a los trabajadores defenderé las ventajas que obtendrán con una ley sobre la jornada de veinticinco horas semanales, pero si me dirijo a los empresarios, apelaré a sus sentido de la justicia y a sus convicciones humanitarias.

Tito Livio muestra con mucha elegancia cómo se debe argumentar en función del interlocutor:

Aníbal [tras cruzar los Alpes], empleó toda clase de exhortaciones para animar aquélla confusa mezcla de hombres que nada tenían en común, ni la lengua, ni las costumbres, ni las leyes, ni las armas, ni los trajes, ni el aspecto ni los intereses. A los auxiliares les habló de alta paga por el momento y ricos despojos en el repartimiento del botín. Hablando a los galos, avivó en su ánimo el fuego de aquel odio nacional y natural que alimentaban contra Roma. A los ojos de los ligures hizo brillar la esperanza de cambiar sus abruptas montañas por las fértiles llanuras de Italia. Asustó a los moros y númidas con el cuadro del cruel despotismo con que los abrumaría Masinissa; y dirigiéndose a los demás les señalaba otros temores y otras esperanzas. A los cartagineses habló de las murallas de la patria, de los dioses penates, de los sepulcros de sus padres, de sus hijos, de sus parientes, de sus esposas desoladas.[10]

No debemos confundir el argumento ad hominem con la falacia ad Hominem. Ésta no pretende argumentar, sino atacar al adversario.

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